
Durante 67 años, Sylvia Bloom trabajó como secretaria en un bufete de abogados en Nueva York sin llamar la atención. Tras su muerte, a los 96 años, la ciudad descubrió que había acumulado más de USD 9 millones, dinero que destinó a financiar estudios universitarios de jóvenes de bajos recursos.
Bloom, nacida en Brooklyn en 1919, construyó su fortuna imitando discretamente las inversiones de los abogados para quienes trabajaba. Cada vez que su jefe compraba acciones, ella adquiría una pequeña cantidad por su cuenta. Su método, repetido durante décadas, multiplicó su modesto salario hasta convertirlo en una gran herencia.
Vivió austeramente junto a su esposo, Raymond Margolies, en un departamento de alquiler. Nadie conocía su patrimonio hasta después de su fallecimiento. Su sobrina y albacea, Jane Lockshin, relató que Bloom pidió destinar su fortuna a becas para niños necesitados.
La donación, de acuerdo con la fundación Henry Street Settlement, es la más grande recibida de un solo individuo en sus más de 125 años de historia. Con ella se creó el fondo Bloom-Margolies, que apoya a estudiantes desde la secundaria hasta la universidad mediante tutorías, orientación y acompañamiento académico continuo.
Reservada, disciplinada y generosa, Sylvia Bloom dejó un legado silencioso: convertir el fruto de una vida de trabajo en oportunidades educativas para otros.




