
A más de 4 000 metros sobre el nivel del mar, la comunidad de Guangaje, en Cotopaxi, sobrevive entre el olvido estatal, la migración y la crisis del campo. Sus habitantes aseguran que, pese a los levantamientos indígenas y las promesas de cambio, su realidad sigue siendo la misma: pobreza, sequía y desesperanza.
Lejos del bullicio de la ciudad y casi tocando las nubes, Guangaje parece un pueblo suspendido en el tiempo. Sus calles vacías y casas abandonadas reflejan una historia que se repite: la falta de atención y oportunidades.
“Mi señor periodista, gracias por venir a nuestra comunidad Guangaje”, dice con voz pausada Víctor Hugo Tigasi, uno de los pocos habitantes que aún resiste.
Hasta hace cinco años, la parroquia contaba con unos 13 mil habitantes. Hoy, según sus dirigentes, no llegan ni a 5 mil. La migración masiva comenzó tras el paro de 2019 y se intensificó durante la pandemia. Las familias dejaron sus tierras y buscaron en otras provincias —o en el extranjero— lo que el campo ya no podía darles.
“Hemos salido al paro, pero eso es andar gratis y no hemos ganado nada. Mejor hemos visto la muerte, los heridos. No se gana nada”, lamenta Tigasi, quien recuerda con tristeza las jornadas de protesta en las que muchos esperaban una transformación que nunca llegó.
A la desatención estatal se sumó la crisis ambiental: la tierra se volvió árida y los cultivos de papa, cebolla, haba y melloco dejaron de prosperar. Sin sistemas de riego ni apoyo técnico, el rendimiento agrícola se desplomó, hundiendo a las familias en la pobreza extrema.
Voces del campo:
Con el azadón en mano, los pocos que se resisten a abandonar Guangaje siguen arando la tierra, aunque el costo del combustible y la falta de maquinaria encarezcan la producción.
“Antes el tractor era más barato, ahora todo subió desde que aumentó el precio del diésel”, comenta Genny Cuchiparte, mientras revisa sus cultivos.
Sus ingresos dependen del azar del mercado: “A veces, cuando el precio está más barato, es 10, 15 o 30 dólares. Lo más alto puede ser 40, cuando está caro”, dice resignada.
Si el precio mejora, podrán comprar alimentos y cubrir lo básico. Si no, tendrán que endeudarse o reducir sus comidas. Así, entre la esperanza y la necesidad, Guangaje resiste, aunque cada día se acerca más al límite de la pobreza extrema.



