
Cuando recuerda la primera vez que fue amenazada, su voz se quiebra. Era apenas la segunda semana de su año de rural en Quevedo, donde había obtenido la plaza para cumplir con esta fase de su formación como médica. La joven guayaquileña había recibido instrucciones sobre cómo manejarse en un entorno peligroso, pero ni siquiera eso la protegió de las llamadas extorsivas.
Lo que comenzó con una llamada diaria, que optó por bloquear, rápidamente escaló a un fenómeno más perturbador: fotos de ella caminando hacia el centro de salud. Según la joven, las amenazas comenzaron después de que usara su teléfono para coordinar campañas de vacunación, y rápidamente se dio cuenta de que los extorsionadores conocían las rutas que tomaba. «Sabían por dónde caminaba, así que decidí denunciarlo», cuenta. Las amenazas no solo incluían fotos de ella, sino también información personal y detalles sobre su familia.
A medida que las amenazas aumentaron, también lo hicieron las exigencias. Los extorsionadores le pidieron 100 dólares semanales a cambio de “seguridad” para ella y su familia, quienes residen en el sur de Guayaquil. Ante este panorama, la joven decidió cambiar de número de teléfono y mudarse a un cuarto en un lugar más apartado. «Llevo casi tres meses en un sitio donde no me siento segura. No quiero dejar todo atrás, pero tengo miedo de que me hagan daño o incluso de que me maten», afirma con angustia.
Este no es un caso aislado. Otro joven médico, que realiza su rural en San Clemente, Manabí, también ha sido víctima de extorsión. Él relata que, por «ingenuidad», contestó las primeras llamadas que recibió de números desconocidos, solo para descubrir que los extorsionadores conocían detalles muy específicos sobre su vida. “Hablaban de mis datos personales, mi residencia, mi movilidad, incluso la placa de mi auto», cuenta. Las amenazas también se intensificaron al incluir a su familia.
A pesar de que ha denunciado estos hechos ante la Fiscalía, la situación no ha mejorado. Los ataques incluyen intentos de detención en las vías, donde sujetos lanzaron miguelitos a su vehículo, y hasta disparos a su automóvil. «He sido perseguido por motorizados y camionetas sin placas. La situación se ha vuelto insostenible», explica. Aunque se le ha ofrecido un cambio de plaza dentro del mismo distrito, las alternativas son igual de peligrosas.
Los casos de extorsión y amenazas no son raros entre los médicos rurales que cumplen su año de servicio en zonas de alto riesgo como Quevedo, Pedro Carbo, Manabí y Guayas. Muchos médicos han sido asaltados a mano armada o han sido víctimas de extorsión mientras se trasladaban al trabajo. Algunos, como una médica que labora en un subcentro de Pedro Carbo, han recibido panfletos con un número de cuenta y la cantidad de dinero que deben pagar, junto con amenazas de daño si no cumplen.
A pesar de estos temores, muchos de estos jóvenes siguen adelante con su vocación. Sin embargo, la falta de seguridad se ha convertido en una barrera que a menudo les obliga a tomar medidas extremas, como movilizarse en grupo, limitar su tiempo de salida o incluso usar teléfonos simples para proteger su privacidad.
“Lo que no hay es seguridad, y eso nos aísla de nuestro sueño de crecer y culminar lo que hemos estudiado durante años”, señala una joven médica guayaquileña, quien, como muchos de sus compañeros, se enfrenta a un dilema entre cumplir con su vocación y proteger su vida.
Estos médicos rurales piden a las autoridades más apoyo para garantizar su seguridad, sin la cual la tarea de servir a las comunidades más vulnerables se vuelve cada vez más difícil y peligrosa.
(Fuente: El Universo)




