La crisis energética que ha afectado al Ecuador en años recientes ha dejado una lección clara: la alta dependencia de la hidroelectricidad es una vulnerabilidad crítica ante el cambio climático. Un estudio reciente propone una solución estratégica al sugerir que la incorporación masiva de energía solar y eólica no es solo una alternativa ambiental, sino una necesidad operativa para evitar hasta el 90% del déficit eléctrico en momentos de estiaje severo.

La clave de esta propuesta radica en la complementariedad de las fuentes de energía. Mientras que las centrales hídricas dependen estrictamente de los caudales de los ríos y del nivel de los embalses, los parques solares y eólicos pueden operar en periodos donde la radiación y los vientos son óptimos, permitiendo «guardar» el agua en los reservorios para cubrir los picos de demanda nocturna o situaciones de emergencia. Al integrar estas tecnologías, el sistema nacional de energía ganaría la resiliencia necesaria para afrontar la variabilidad climática sin tener que recurrir a racionamientos extremos.
Este cambio de paradigma, que implica modernizar el Plan Maestro de Electricidad, permitiría al país diversificar su matriz, reducir los costos operativos asociados a la generación térmica y asegurar un suministro estable para el sector productivo y el consumo residencial. La transición hacia un modelo híbrido es, según el análisis, la ruta más viable para garantizar la soberanía energética, transformando la infraestructura actual en un sistema robusto, eficiente y menos expuesto a las inclemencias de las sequías prolongadas que hoy amenazan la estabilidad del país.



