En las sombras de Washington, el sueño americano de Donald J. Trump se desvanece como niebla matutina. Hace apenas diez meses, el 20 de enero de 2025, juraba como presidente por segunda vez, cabalgando una ola de promesas: «Haré que las fábricas rugan, la inflación desaparezca y la prosperidad inunde cada hogar».

Los votantes, exhaustos por años de incertidumbre, le concedieron una luna de miel efímera. Encuestas iniciales pintaban un país dividido, con un apoyo neto casi equilibrado y entusiastas blancos brindando por un renacimiento industrial.
Pero la realidad golpeó como un arancel inesperado. Trump desató una tormenta proteccionista: tarifas del 25% sobre acero, aluminio y cobre, avivando guerras comerciales que Wall Street temió más que una recesión. Las bolsas tambalearon, la inflación se enquistó en el 4,5% y los precios de los huevos duplicaron en supermercados de Ohio. «¡Los inversores son débiles!», tuiteó el presidente, pero el pueblo respondió con desaprobación: neto -33% en economía, según The Economist.
La frontera sureña, epicentro de su cruzada, se convirtió en símbolo de fractura. Deportaciones masivas —prometidas como «el día uno»— separaron familias y colapsaron industrias agrícolas dependientes de mano de obra migrante. Jóvenes latinos, que en 2024 votaron por él en un 39%, ahora lo ven como amenaza: su aprobación entre menores de 30 cayó de +3% a -40%. Incluso en bastiones republicanos como Idaho, el fervor se enfría; Oklahoma, de +27% a -12%.
Hoy, 9 de noviembre de 2025, el rastreador de The Economist marca un abismo: -18% neto, el peor en la historia de Trump, superando los vaivenes de su primer mandato. Demócratas celebran en silencio, republicanos murmuran lealtad forzada. Mientras elecciones locales asoman, el hombre que juró «hacer a América grande otra vez» enfrenta un veredicto crudo: la grandeza prometida se ahoga en la marea de la decepción. ¿Sobrevivirá el trumpismo a su arquitecto? La historia, como siempre, observa con ceja arqueada.




